El médico Carlos Díaz analizó el impacto de la salida de Argentina de la OMS y advirtió que el verdadero problema no está ahí, sino en la crisis estructural del sistema de salud, la desigualdad en el acceso y el colapso de las obras sociales.

La posible desvinculación de Argentina de la Organización Mundial de la Salud (OMS) vuelve a instalar el debate sobre el impacto real en el sistema sanitario. Sin embargo, para el médico especialista en terapia intensiva, nefrología y salud pública, Carlos Díaz, la discusión está sobredimensionada.
Díaz explicó en una entrevista con Alejandro López en el programa Al Final de Todo por LU5, que la OMS cumple principalmente un rol de rectoría global, es decir, orienta y establece lineamientos generales, pero no define políticas internas en los países. “No fija políticas dentro de un Estado. Marca temas importantes como medicamentos esenciales, vacunación o atención primaria, pero los países deciden”, sostuvo.
En ese sentido, consideró que un eventual alejamiento no tendría consecuencias directas en el corto plazo sobre el funcionamiento del sistema sanitario argentino. “No va a haber un impacto significativo inmediato. Argentina ya tiene sus propias políticas de salud”, afirmó.
Uno de los puntos clave es el vínculo con la Organización Panamericana de la Salud (OPS), brazo regional de la OMS, donde Argentina mantiene participación activa. Incluso, el país logró este año ingresar al fondo rotatorio de adquisición de vacunas para el continente, con un volumen estimado en 250 millones de dólares.
Este avance posiciona a la Argentina como productor de vacunas a nivel regional y refuerza un concepto estratégico: la soberanía sanitaria. “Después del COVID-19 entendimos lo que significa no tener capacidad propia. Faltaban insumos básicos y hubo dificultades para acceder a vacunas”, recordó Díaz.
Actualmente, el país cuenta con desarrollo tecnológico para producir vacunas de alta calidad, lo que podría resultar clave ante futuras emergencias sanitarias.
De todos modos, el especialista remarcó que el mayor problema no está en la OMS, sino en la situación interna del sistema de salud. “La Argentina tiene problemas mucho más graves”, advirtió.
Entre ellos, destacó la creciente desigualdad en el acceso a la salud. Cada vez más personas pierden cobertura o ven deterioradas sus prestaciones, lo que provoca una sobrecarga en el sistema público. Hospitales que estaban preparados para atender a 16 millones de personas hoy enfrentan una demanda mucho mayor.
El sistema de obras sociales también atraviesa una crisis profunda. Según explicó Díaz, la recaudación promedio está por debajo del costo de la canasta de medicamentos, lo que hace inviable sostener las prestaciones. “No alcanza actuarialmente para cubrir los costos”, señaló.
A esto se suma el impacto del sistema previsional, especialmente en provincias con cajas propias como Neuquén, Chubut, Santa Cruz, Córdoba y Santa Fe, donde el envejecimiento poblacional y la mayor expectativa de vida generan un déficit estructural difícil de revertir.
El problema de los recursos humanos es otro factor crítico. La dificultad para conseguir profesionales de la salud dispuestos a trabajar en determinadas regiones se vuelve cada vez más evidente, incluso en hospitales nuevos.
En paralelo, los intentos de modernización, como la implementación de redes de telemedicina, avanzan más lento de lo esperado. “La gente sigue prefiriendo la atención presencial. Hay una barrera cultural que no es menor”, explicó.
Finalmente, Díaz relativizó el peso económico de la salida de la OMS: Argentina aportaba aproximadamente 5 millones de dólares anuales, una cifra baja en términos presupuestarios.
“La discusión no es económica. Es más bien política y de posicionamiento internacional”, concluyó.
Mientras tanto, el sistema de salud argentino enfrenta una realidad mucho más urgente: sostener su funcionamiento en un contexto de crisis, con más demanda, menos recursos y una estructura que muestra signos claros de agotamiento.