El caso de San Cristóbal vuelve a exponer una realidad incómoda: chicos solos, adultos desbordados y una red de contención que hace agua por todos lados.

El reciente hecho ocurrido en una escuela de San Cristóbal, Santa Fe, volvió a sacudir a la sociedad y a poner en agenda una problemática que, aunque conocida, sigue siendo sistemáticamente ignorada: la fragilidad del entramado emocional, familiar e institucional que rodea a niños y adolescentes.
La licenciada en Psicopedagogía Laura Colavini en dialogo con Alejandro López en su programa Al Final De Todo por LU5, analizó el caso con una mirada que incomoda porque corre el foco del hecho puntual y apunta a una falla estructural. “Hay una desidia enorme con la niñez y la educación. Siempre llegamos tarde. Vamos atrás de la noticia”, advirtió.
Lejos de simplificar el episodio en una causa única como el bullying, Colavini plantea que estos hechos son la manifestación extrema de múltiples factores acumulados. “Reducirlo a bullying es minimizarlo. Hay chicos que sufren situaciones similares y no reaccionan así. Hay algo más profundo que no estamos viendo”, explicó.
Ese “algo” tiene que ver con la ausencia de mirada integral sobre la infancia y la adolescencia. En palabras de la especialista, existe una constante transferencia de responsabilidades entre familia, escuela y Estado. Nadie se hace cargo del todo, y en ese vacío, los chicos quedan librados a su propia suerte. “Siempre la responsabilidad está en otro. Mientras tanto, esas personitas crecen sin ser vistas”, sostuvo.
El diagnóstico es crudo: docentes desbordados, familias sin herramientas emocionales y un sistema que no logra contener. La consecuencia es una acumulación de dolor silencioso que, en algunos casos, termina en tragedia. “Hay muchas otras situaciones que también matan, pero no salen en los diarios”, remarcó.
En ese contexto, la especialista también pone el foco en la pérdida de hábitos básicos dentro del hogar. La falta de diálogo cotidiano, de escucha activa y de presencia emocional genera un vacío que impacta directamente en el desarrollo de los niños. “Hay generaciones que no saben conversar, que no saben preguntar cómo estuvo el día. Y eso también se aprende”, señaló.
La problemática, sin embargo, no se limita a la voluntad individual. Colavini advierte que muchas familias, aun queriendo hacer las cosas bien, no cuentan con herramientas ni acceso a recursos. “Hay padres que no saben cómo gestionar el enojo, el amor o la violencia. Y tampoco saben dónde pedir ayuda”, explicó.
Ante ese escenario, propone fortalecer redes comunitarias de contención que excedan a la familia y la escuela. Espacios donde los chicos puedan encontrar referentes seguros: un docente, un vecino, un compañero. “A veces no hay un lugar seguro en casa, pero puede haberlo en otro lado. Esa red puede salvar”, afirmó.
El problema es que esa red hoy está rota o incompleta. Y mientras se discuten responsabilidades en conferencias de prensa, los casos se repiten. “Hay tantas cosas para hacer: talleres, encuentros, debates. Pero seguimos reaccionando después de que pasa lo peor”, cuestionó.
La advertencia es tan simple como incómoda: lo ocurrido en Santa Fe no es un hecho aislado. Es el síntoma visible de una crisis mucho más profunda. Una crisis que no se resuelve con explicaciones ni con discursos, sino con presencia, responsabilidad y acción sostenida en el tiempo. Porque, como plantea Colavini, lo verdaderamente grave no es solo lo que explota, sino todo lo que viene ocurriendo en silencio.