La discusión por el acuerdo entre la Provincia e YPF reabre una vieja escena de la política neuquina. Como ocurrió con la privatización de YPF y años después con la Ley Chevron, el desarrollo de los recursos energéticos vuelve a dividir dirigentes, sindicatos y espacios políticos. Lo llamativo es que muchos de los protagonistas de ayer hoy ocupan posiciones exactamente opuestas.

La historia política de Neuquén tiene una particularidad: cuando los grandes debates giran alrededor de sus recursos naturales, los alineamientos tradicionales suelen romperse.
Ocurrió con la privatización de YPF en los años noventa. Volvió a suceder con la Ley Chevron durante el inicio del desarrollo masivo de Vaca Muerta. Y vuelve a repetirse ahora con el acuerdo que el gobierno provincial impulsa junto a YPF para avanzar en la producción y exportación de Gas Natural Licuado (GNL).
Más allá de los argumentos técnicos, jurídicos o económicos que rodean cada uno de estos procesos, existe una constante que atraviesa todas las etapas: la tensión entre quienes consideran que se trata de una oportunidad histórica para el desarrollo provincial y quienes observan riesgos, cuestionan las condiciones de negociación o plantean reparos sobre el alcance de los acuerdos.
La discusión actual no es una excepción.
El proyecto que debe analizar la Legislatura forma parte de una estrategia mucho más amplia vinculada a la explotación del gas de Vaca Muerta y su futura inserción en los mercados internacionales. La iniciativa se sostiene sobre una premisa central: que Neuquén atraviesa una ventana de oportunidad difícilmente repetible en el contexto de la transición energética global.
Durante los últimos años, tanto el gobierno provincial como las autoridades de YPF desplegaron una intensa agenda internacional para posicionar el potencial gasífero neuquino. Las giras realizadas por el gobernador Rolando Figueroa y las gestiones encabezadas por el presidente de YPF, Horacio Marín, buscaron precisamente medir el interés de los mercados europeos y consolidar acuerdos comerciales de largo plazo.
La apuesta es clara: transformar a Vaca Muerta en uno de los principales proveedores de gas para un mundo que busca reducir emisiones sin abandonar completamente los combustibles fósiles.
En ese escenario, el gas aparece como un recurso de transición, con una demanda sostenida durante las próximas décadas y con condiciones geopolíticas que hoy favorecen a regiones estables como la Patagonia argentina.
Sin embargo, el debate excede ampliamente las variables económicas.
Como sucedió en otras etapas de la historia energética provincial, la discusión también está atravesada por posiciones ideológicas, disputas políticas y diferencias respecto del modelo de desarrollo que debería adoptar Neuquén.
Lo más interesante es que las fronteras políticas tradicionales parecen desdibujarse.
Entre quienes respaldan el acuerdo aparecen dirigentes históricamente identificados con el kirchnerismo y el peronismo. Entre ellos, el intendente de Cutral Co, Ramón Rioseco, quien sostiene que el proyecto representa una oportunidad estratégica para la provincia.
Pero del lado de quienes cuestionan el acuerdo también se encuentran referentes provenientes de esos mismos espacios políticos.
La situación genera una postal conocida en Neuquén: los alineamientos ya no responden estrictamente a pertenencias partidarias sino a interpretaciones diferentes sobre cómo administrar el principal activo económico de la provincia.
La comparación con la Ley Chevron surge casi de manera inevitable.
Hace más de una década, aquella discusión también dividió a la dirigencia política, movilizó sectores sociales y sindicales y generó fuertes controversias sobre los alcances de la explotación no convencional.
Con el paso del tiempo, Vaca Muerta terminó convirtiéndose en el principal motor económico de Neuquén y en una de las fuentes más importantes de generación de recursos para el Estado provincial.
Ese antecedente es utilizado hoy por quienes defienden el acuerdo de GNL como una demostración de que las decisiones estratégicas suelen ser cuestionadas en el presente y valoradas años después.
Quienes se oponen, en cambio, sostienen que cada proceso debe analizarse de manera independiente y que el desarrollo energético no puede quedar al margen del debate público ni del control institucional.
La discusión continuará en la Legislatura, donde finalmente se expresarán las distintas posiciones.
Pero más allá del resultado, el debate vuelve a dejar una enseñanza que Neuquén conoce desde hace décadas: cuando los recursos estratégicos entran en juego, la política se reconfigura, las alianzas cambian y la historia, una vez más, parece recorrer caminos conocidos.


