La jornada dejó dos imágenes que recorrieron el país: el piedrazo lanzado en Lomas de Zamora contra la caravana de Javier Milei y el espectáculo grotesco en el Congreso de la Nación.

Ambos episodios, distintos en magnitud pero similares en su impacto, muestran el estado de una política que parece vivir en la exageración y en el hartazgo ciudadano.
La escena en Lomas de Zamora fue clara: el presidente Javier Milei encabezaba una caravana junto a José Luis Espert y Karina Milei cuando una piedra fue arrojada desde la multitud. El proyectil cayó cerca, pero no impactó en el mandatario. Sin embargo, en cuestión de minutos, el hecho se transformó en titulares que hablaban de “magnicidio” y de un “atentado contra el Presidente”.
La exageración política no es nueva. En campaña, los discursos suelen inflar lo ocurrido para victimizar o reforzar relatos. Pero aquí aparece el verdadero problema: la naturalización de la violencia. Porque más allá de la forma en que uno evalúe el estilo de Milei, no puede avalarse la agresión física en ningún caso. No se trata de ideología, se trata de un límite básico de la convivencia democrática.

Mientras tanto, en el Congreso de la Nación, se vivieron escenas que podrían catalogarse como grotescas: capítulos de enfrentamientos, gritos y una dinámica que lejos de elevar el debate político lo redujo a un espectáculo de baja calidad. Lo repudiable se repite en cada cámara, en cada gesto, en cada discusión que queda lejos de los problemas reales de la gente.
Lo ocurrido en Lomas de Zamora y lo sucedido en el Congreso no son hechos aislados. Responden a un clima de hartazgo social que se acumula desde hace años y que atraviesa a toda la dirigencia política, no solo al oficialismo. La ciudadanía observa, cansada, cómo la política se convierte en un ring donde lo que importa no es construir consensos sino multiplicar escándalos.
La violencia no tiene justificación, pero tampoco la sobreactuación de quienes intentan capitalizarla. En política, como en la vida, uno termina recibiendo lo que da. Y en este escenario, la dirigencia, de todos los colores, parece cosechar el hartazgo de una sociedad que exige otra cosa.





