La situación del país parece el guion de una comedia tragicómica. Una mezcla de incredulidad y resignación atraviesa a buena parte de la sociedad. Y aunque muchos intentan despegarse de toda responsabilidad —“yo no los voté”—, lo cierto es que este presente es también el resultado de nuestras decisiones colectivas. Cada voto, cada expectativa, cada silencio construyen el escenario que hoy nos preocupa.

El desencanto atraviesa al propio núcleo del gobierno nacional. Las promesas de cambio se diluyeron entre desencuentros y contradicciones. Lo dijimos al principio: son lo mismo, pero mezclados. La mitad del funcionariado nacional sigue respondiendo a viejas estructuras, y eso explica la parálisis, la falta de rumbo y la distancia entre lo que se prometió y lo que realmente ocurre.
Muchos creyeron genuinamente que algo podía cambiar. Y hoy sienten frustración. No solo por lo que no se logró, sino porque el desencanto cala hondo, desmoviliza, quita energía, y vuelve a instalar esa sensación amarga de que “todo da igual”.
Pero no da igual. Mientras los problemas estructurales se profundizan, el presidente pasa horas ensayando para cantar en un estadio. En el Movistar Arena, se prepara el lanzamiento de su banda de rock y de su nuevo libro. Mientras tanto, la institucionalidad se desmorona.
La figura presidencial, lejos de representar al Estado, se define como “antiestado”. Y eso se nota. No hay presencia, no hay conducción, no hay empatía con la función pública ni con las responsabilidades institucionales. La consecuencia es un país fragmentado, en proceso de desintegración.
Las provincias que sostienen cierta estructura lo hacen gracias a liderazgos con sentido de Estado. Córdoba, Santa Fe, Mendoza, Neuquén, Río Negro o incluso Chubut logran mantenerse firmes porque sus dirigentes entienden que la institucionalidad no es un trámite, sino el alma de la democracia. En cambio, en las regiones más pobres y dependientes, el avance del antiestado amenaza con llevarse todo por delante.
Lo preocupante no es solo la crisis económica o política. Es la pérdida de referencias, la desvalorización del Estado como garante de igualdad, justicia y equilibrio. La pregunta central, entonces, es cómo recuperar ese sentido. Cómo reconstruir el respeto por las instituciones y volver a creer que el Estado no es el enemigo, sino la herramienta colectiva que nos permite vivir en comunidad.
Porque un país sin Estado no es un país libre: es un país desintegrado


