Hay que ser muy burdo para no reconocer los pronunciamientos. Las urnas hablaron y, como en la escuela, el resultado es inapelable.

Puede gustar o no, pero el registro está ahí: una sociedad que se expresó con claridad, que eligió un modelo y que, en su decisión, deja lecciones profundas para la política y para quienes la interpretan.
Seguimos siendo una república con una ciudadanía exigente, aunque a veces infantil. Lo que pasó después de los comicios lo demuestra: explicaciones forzadas, teorías inverosímiles, intentos de negar lo evidente. Pero el resultado no fue producto de ninguna conspiración ni de rayos ultrasónicos importados. Fue, simplemente, la voz del ciudadano buscando certezas, buscando seguridad.
El peronismo, tal como lo conocimos, atraviesa su peor momento. Hizo una de las elecciones más débiles de su historia por errores propios: falta de liderazgo, pérdida de territorialidad y una imagen pública asociada más a la impunidad que a la gobernabilidad. A eso se suma una desconexión total con la realidad social y política del país. El ciudadano argentino cambió, y el partido no supo acompañar ese cambio.
En Neuquén el resultado también era previsible. Lo advertimos hace semanas: el peronismo local llegó sin músculo político, sin figuras de peso que lo respaldaran, sin la foto, sin el video, sin el acompañamiento de sus máximos referentes. Los resultados lo reflejan: una caída contundente, con apenas un 13 % que confirma el derrumbe de una estructura que no supo renovarse.
La Neuquinidad, en cambio, logró mantenerse en la conversación nacional, pero no salió ilesa. Perdió por pocos puntos frente a La Libertad Avanza y deberá revisar sus propios conflictos internos. Hay un voto duro del MPN que se “refugió” en Milei, militancia que trabajó para ese espacio desde las sombras. Lo mismo que ocurrió en Buenos Aires con el peronismo, ocurrió acá: la traición también se filtró.
Rolando Figueroa tiene sobre su escritorio una tarea urgente: mirar con lupa hacia adentro. Hay dirigentes del MPN que hoy se muestran cercanos a la Neuquinidad, pero que al mismo tiempo negocian con el gobierno nacional. Es un doble juego peligroso que puede desdibujar un proyecto que nació con vocación de honestidad y reconstrucción política.
Neuquén hizo una buena elección en el tablero nacional, pero el desafío no es menor. La provincia debe consolidar su identidad sin dejar grietas para quienes buscan aprovecharse del proceso. El futuro dependerá de eso: de la capacidad de reconocer las señales, de actuar con coherencia y de no negar lo que las urnas —una vez más— dijeron con total claridad.
Porque en democracia, el voto no se discute: se interpreta, se aprende y se respeta.


