Vista Alegre vuelve a ser noticia, y no precisamente por buenas razones. Este pequeño pueblo del corredor hacia Vaca Muerta se ha convertido en uno de los puntos más postergados del norte neuquino, pese a su enorme valor productivo y ambiental.

Todo comenzó con una publicación del periodista Adriano Calalesina, del diario LMNeuquén, quien reveló que el gobierno provincial había contratado una consultora —a través del COPADE— para realizar un relevamiento destinado a ampliar el ejido urbano de Vista Alegre. La iniciativa parecía razonable: cuando una localidad se queda sin tierras fiscales, necesita gestionar la expansión urbana para su crecimiento.
Sin embargo, en el medio del proceso aparecieron los de siempre: los vivos, los oportunistas, los que ven en cada expediente una oportunidad de negocio. Entre los propietarios de tierras con potencial para urbanizar figura nada menos que el intendente de Vista Alegre, José Azad, junto a un grupo reducido de particulares con extensiones importantes. También se menciona a un sector ligado a Juan Grabois, que habría accedido a tierras mediante una cooperativa con créditos de la gestión kirchnerista anterior.
El gobierno, ante el impacto de la denuncia, debió salir a dar explicaciones. Desde el COPADE, Ana Servidio sostuvo que se trata de un estudio técnico para planificar la expansión del área urbana. Pero el ruido político ya estaba instalado. La lupa hoy la tiene Rolando Figueroa, que observa de cerca cada movimiento en este terreno sensible.
Mientras tanto, las rutas 7, 51 y 67 permanecieron cortadas durante más de 12 horas, con parceleros reclamando los servicios básicos prometidos hace años. Agua, luz, gas: derechos elementales que siguen sin llegar a muchas familias que habitan esos lotes.
Y es que este no es un problema nuevo ni atribuible a una gestión en particular. Hace al menos tres años —y probablemente más— que Vista Alegre arrastra la misma deuda estructural: la falta de planificación, de políticas sostenidas y de límites claros para proteger su tierra productiva.
La paciencia se agota. Los productores de Vista Alegre y Centenario ven cómo, del otro lado de la Calle 10, la realidad cambia drásticamente. En el sector de Centenario, aún se respira producción: chacras, fruta, trabajo agropecuario. En el lado de Vista Alegre, en cambio, proliferan los galpones de empresas petroleras y los predios convertidos en chatarrerías. Tierra que antes alimentaba, hoy acumula hierro y abandono.
Basta recorrer la Ruta 7, desde la última rotonda hasta la estación de servicio YPF y más allá, para ver cómo el paisaje se transforma. Allí donde había chacras y cultivos, ahora hay estructuras metálicas, depósitos, servicios petroleros. Ese contraste resume la disputa: el de una tierra que puede seguir produciendo o venderse al mejor postor.
Vista Alegre atraviesa hoy una discusión que trasciende los nombres propios. No se trata solo de Azad, ni de Grabois, ni del COPADE. Se trata de definir a qué intereses responden quienes gobiernan: si al interés colectivo de los vecinos y productores, o al beneficio privado de unos pocos.
Porque cuando la política deja vacíos, otros los llenan. Y en el corredor hacia Vaca Muerta, donde cada hectárea vale oro, esos vacíos se pagan caros.
La paciencia tiene límites. Y en Vista Alegre, esos límites están cada vez más cerca.




