Las fiestas de fin de año despiertan pasiones, manías, ternuras… y también fastidios. Mientras algunos entran en modo Navidad apenas cae noviembre —árbolito, luces, regalos y reuniones interminables— otros sienten que diciembre es una maratón social que preferirían esquivar sin culpa. Y ahí aparece la pregunta inevitable: ¿qué tan grinch sos?

La temporada divide aguas.
Están quienes aman festejar: compran regalos con un nivel de producción casi profesional, organizan cierres de año, planean cenas con amigos, almuerzos con la familia y hasta el encuentro “con el grupo del grupo” que apareció de la nada. Para ellos, diciembre es energía pura: decorar, brindar, abrazar y sacar fotos.
Otros están en el equipo intermedio: lo hacen por tradición, por los chicos de la familia, por mantener viva la costumbre o simplemente porque “es lo que toca”. Armar el árbol es casi un trámite: se hace, se cumple, se brinda… y a dormir.
Y después están los grinch sin culpa:
Los que huyen de los eventos, hacen reuniones más reducidas o directamente eligen pasar las fiestas lejos, en modo silencio absoluto. También están quienes prefieren pasarlo solos, no por rechazo social, sino como gesto de autocuidado: menos ruido, menos desgaste, menos obligación.
Pero diciembre también trae otra realidad, menos instagrammeable y más humana: las personas que no tienen con quién pasar las fiestas. Las que sienten el peso de la silla vacía, de los vínculos que faltan o de las distancias que duelen. Y ahí la pregunta cambia de tono: ¿cómo acompañamos a quienes no viven la Navidad como celebración, sino como un recordatorio incómodo?
Entre rituales, tradiciones, escapismos y nostalgias, diciembre nos enfrenta a una verdad simple: nadie vive las fiestas del mismo modo. Algunos necesitan ruido, otros paz; algunos necesitan mesa larga, otros mesa chica; algunos esperan el brindis, otros solo quieren que pase rápido.
Quizás la clave esté en dejar de medir “cuánto espíritu navideño” tiene cada uno y empezar a entender que todas las formas de transitar las fiestas son válidas.
Porque al final, lo que importa no es cuántas luces colgaste, sino cómo te sentís en ese cierre de año que, para bien o mal, siempre nos pone frente al espejo.

