Es un momento en que las violencias, la pobreza y la negligencia empujaban con fuerza la salud de niñas, niños y adolescentes.

El sufrimiento psíquico infantil se intensificó y se volvió más crudo, mientras las respuestas estructurales siguieron llegando tarde, fragmentadas o directamente no llegaron.
En 2025 se multiplicaron las consultas por crisis de salud mental en hospitales y dispositivos comunitarios. El suicidio adolescente sigue ocupando un lugar alarmante entre las principales causas de muerte, y las autolesiones aparecen cada vez más temprano como formas precarias de regulación del dolor psíquico.
Aumentaron las internaciones por intentos de suicidio, autolesiones, intoxicaciones, crisis impulsivas y cuadros depresivos severos. La clínica dejó de recibir pacientes para recibir escenas de desamparo: adolescentes que no saben cómo seguir adelante, niños y niñas que expresan el sufrimiento de maneras devastadoras, familias desbordadas por el dolor.
La violencia sexual contra la infancia sigue siendo una de las más silenciadas y, al mismo tiempo, una de las que deja marcas más profundas en la salud mental.
Consultas a diario por síntomas de ansiedad extrema, disociación, trastornos del sueño, de la imagen corporal que llevan a los de la alimentación.
El maltrato cotidiano, físico y sobre todo psicológico, sigue siendo una práctica extendida y legitimada. Gritos, humillaciones, amenazas, indiferencia. Formas de violencia que no siempre dejan marcas visibles, pero que destruyen lentamente la construcción psíquica.
La salud mental infantil no se pierde de golpe, se desgasta en un largo camino de desmentida, abandono y falta de decisiones. Los equipos de salud mental están saturados, las escuelas desbordadas, los sistemas de protección demasiado solos, igual que las familias.
La pobreza infantil es el telón de fondo constante: más de la mitad de las niñas y niños en Argentina vive en hogares pobres, con hambre, hacinamiento, interrupciones escolares, problemas de salud no atendidos.
Durante este año también se profundizó el impacto de violencias digitales, apuestas online, exposición constante a estímulos sin mediación adulta, sexualización temprana, adolescentes captadas por plataformas para vender su humanidad aunque crean que es solo una pantalla, grooming, acoso que comienza en la escuela y sigue 24/7 en línea eternizando el dolor.
Frente a este escenario, la respuesta institucional volvió a mostrar su precariedad: protocolos y discursos que no logran sostener la salud física y mental infantil.
El balance de 2025 muestra con claridad que la crisis de la salud mental infanto‑juvenil no es un fenómeno repentino, sino el resultado de violencias acumuladas, negligencias sostenidas y de una cultura adultocéntrica que continúa mirando a la infancia como objeto de tutela, de discurso o como trinchera política.


