Neuquén vive un momento histórico. Lo hemos dicho muchas veces y también lo hemos contado a través de entrevistas, informes y coberturas especiales desde distintos puntos del país y del mundo. La provincia aparece hoy en el centro de la escena energética internacional gracias al desarrollo de Vaca Muerta, a las inversiones proyectadas y a una expectativa económica que, según distintas estimaciones que circulan entre actores políticos y empresariales, podría representar ingresos cercanos a los 350 mil millones de dólares en los próximos 10 o 15 años.

No es un dato menor. Tampoco es una exageración periodística. Cada viaje a Houston, cada exposición en la OTC, cada encuentro con empresarios, operadores y funcionarios nacionales o provinciales deja una misma sensación: el mundo mira a Neuquén. El petróleo y el gas dejaron de ser solamente recursos naturales. Se transformaron en una plataforma de desarrollo económico, político y geopolítico. Y eso, evidentemente, genera entusiasmo.
Ahora bien, una cosa es acompañar el crecimiento de la provincia y otra muy distinta es caer en una lógica de propaganda permanente donde todo parece perfecto. Porque cuando solamente se muestran las fotos de los negocios, los anuncios millonarios, los paneles de inversión y las promesas de crecimiento, pero se ocultan los problemas concretos que atraviesan las comunidades que conviven con Vaca Muerta, entonces la comunicación deja de ser periodismo y pasa a ser publicidad.
Y ahí es donde aparece una contradicción difícil de explicar.
Mientras en Houston se hablaba del futuro energético argentino y de las enormes posibilidades de exportación, en Rincón de los Sauces faltaba gas. Sí, gas. En la capital nacional del shale, en una de las localidades más emblemáticas del desarrollo hidrocarburífero, hubo vecinos que no tuvieron el volumen suficiente de gas para calefaccionarse o sostener la normalidad en sus hogares.
Y esto no es solamente una mala noticia. Es una escena profundamente incómoda.
Porque Vaca Muerta puede tener récords de producción, inversiones multimillonarias y discursos optimistas, pero si una ciudad petrolera se queda sin gas, entonces hay algo que claramente está funcionando mal.
Lo ocurrido en Rincón de los Sauces vuelve a poner sobre la mesa un debate que muchas veces se intenta esquivar: ¿cuál es el verdadero compromiso social de las empresas que operan en Vaca Muerta? ¿Hasta dónde llega la responsabilidad empresaria? ¿Y qué rol debe cumplir el Estado provincial frente a estas situaciones?
El caso del yacimiento gasífero Volcán Auca Mahuida y la empresa Ventia, junto con la obligación que tiene YPF de garantizar el abastecimiento, no es un detalle técnico. Es un tema central. Porque cuando se interrumpe o disminuye el suministro de gas en una localidad patagónica en pleno contexto de bajas temperaturas, no se afecta solamente un servicio: se afecta la calidad de vida de miles de personas.
Y lo más preocupante es que no se trata de un hecho aislado.
Ya ocurrió años anteriores. Ya hubo reclamos. Ya existieron compromisos públicos para evitar que volviera a suceder. Tanto YPF como Ventia habían asumido que este año el problema estaría resuelto. Sin embargo, volvió a pasar. Y cuando algo vuelve a pasar después de las promesas, entonces aparecen dos posibilidades: o no hubo planificación suficiente, o directamente no hubo prioridad.
Cualquiera de las dos opciones es grave.
Porque mientras se habla de eficiencia, competitividad y liderazgo energético, hay familias que siguen esperando que salga gas de una hornalla en una ciudad rodeada de gas.
La imagen es demasiado fuerte como para naturalizarla.
También es cierto que hay un silencio llamativo alrededor de estas situaciones. Hay mucha capacidad comunicacional para mostrar convenios, inversiones y recorridas internacionales. Hay enormes estructuras de prensa para amplificar anuncios y posicionar marcas empresariales asociadas al desarrollo energético. Pero cuando aparece una noticia incómoda, cuando surge una falla estructural o un incumplimiento que afecta directamente a la gente, el volumen baja de golpe.

Y eso también genera desgaste social.
Porque Neuquén acompaña el desarrollo de Vaca Muerta. La sociedad entiende la importancia estratégica que tiene. Comprende el impacto económico y laboral que produce. Incluso tolera muchas veces el desgaste de rutas, el crecimiento desordenado, la presión sobre servicios públicos o el aumento del costo de vida. Pero hay algo que la sociedad no está dispuesta a aceptar: que en nombre del progreso se abandonen las necesidades básicas de las comunidades.
Rincón de los Sauces no puede quedar relegado mientras alrededor circulan millones de dólares.
No puede ser que la provincia exporte energía al mundo mientras una ciudad petrolera enfrenta problemas de abastecimiento interno. Y no puede transformarse en normal que cada invierno aparezca la misma preocupación.
Porque entonces el relato del desarrollo empieza a perder legitimidad.
Vaca Muerta representa una oportunidad extraordinaria para Neuquén y para la Argentina. Probablemente la más importante de las últimas décadas. Pero justamente por eso necesita otra escala de responsabilidad. Más control. Más compromiso. Más planificación. Y también más honestidad a la hora de contar lo que pasa.
No alcanza solamente con mostrar las luces del escenario internacional. También hay que mirar lo que ocurre en las localidades donde ese negocio se hace posible todos los días.
Porque el verdadero éxito de Vaca Muerta no va a medirse únicamente por la cantidad de barriles, por las exportaciones o por los dólares que ingresen. También va a medirse por la capacidad de garantizar calidad de vida, servicios básicos y respeto hacia las comunidades que sostienen ese desarrollo desde hace años.
Y hoy, en Rincón de los Sauces, esa deuda volvió a quedar expuesta.
Por Alejandro López


