Mientras la industria petrolera celebra récords y expansión, el costo de vida en las localidades petroleras sigue fuera de control. Alquileres impagables, alimentos más caros que en ciudades turísticas y salarios que no acompañan forman parte de una realidad que lleva décadas sin resolverse.

Fue el propio Aldo “Pangui” Trujillo, uno de los funcionarios con mayor permanencia en la historia política de la localidad, quien volvió a marcar una problemática que no es nueva, pero que cada vez resulta más difícil de ocultar. Trujillo lleva cuatro gestiones consecutivas dentro del municipio y, además, mantiene un vínculo histórico con la comunidad desde los inicios del Banco Provincia de Neuquén en la ciudad.
La realidad que describió expone una contradicción cada vez más evidente en el corazón de Vaca Muerta: mientras la industria genera cifras millonarias y promesas constantes de crecimiento, vivir en Rincón de los Sauces cuesta más caro que en muchas ciudades turísticas del país.
Los alimentos tienen valores superiores a los del Alto Valle e incluso a los de localidades cordilleranas o del Atlántico. Los alquileres alcanzan cifras imposibles para gran parte de la población y el acceso a una vivienda se volvió una competencia desigual frente al poder económico de las empresas vinculadas al petróleo y al gas.
Porque el problema, según se plantea desde hace años, no tiene como origen el salario petrolero. Incluso los trabajadores de la industria padecen el aumento permanente del costo de vida. El verdadero motor de esa distorsión aparece en la dinámica económica que genera el propio sistema hidrocarburífero.
Las empresas alquilan viviendas completas para su personal, absorben gran parte de la oferta inmobiliaria disponible y empujan los precios hacia arriba. Lo mismo ocurre con el supermercadismo y los servicios: la lógica de oferta y demanda termina trasladando costos cada vez más elevados a toda la comunidad.
El fenómeno no ocurre solamente en Rincón de los Sauces. También empieza a replicarse en otras localidades atravesadas por el crecimiento de Vaca Muerta. Sin embargo, la discusión sigue ausente en los grandes espacios donde se debate el futuro energético del país.
Se habla de exportaciones, inversiones y crecimiento productivo. Se anuncian obras, gasoductos y desarrollo. Pero el costo social de vivir en una ciudad petrolera rara vez aparece en la agenda central.
Y allí es donde surge una de las preguntas más sensibles: ¿cómo hace un empleado municipal, un docente, un comerciante o cualquier trabajador ajeno a la industria para sostenerse en una localidad donde los precios se mueven al ritmo del petróleo, pero los salarios no?
La situación no es reciente. Según recordó Trujillo, se trata de un problema que arrastra más de 30 años de historia. Tres décadas de crecimiento desordenado, presión inmobiliaria y ausencia de políticas estructurales para amortiguar el impacto económico sobre las comunidades locales.
Mientras Vaca Muerta se consolida como uno de los motores energéticos más importantes del país, las ciudades que sostienen esa actividad siguen esperando respuestas concretas para un problema tan básico como urgente: poder vivir en su propia tierra sin que el costo de hacerlo se vuelva expulsivo.


