En la era digital, las palabras ceden terreno frente a emojis, abreviaturas y gestos.

Este hábito, extendido en todas las edades y clases sociales, empobrece el vocabulario y limita tanto la expresión como la comprensión lectora.
El lenguaje no es solo comunicación: es la herramienta del pensamiento. Cuanto más amplio es nuestro léxico, más claros y complejos pueden ser nuestros razonamientos. Por el contrario, un repertorio reducido dificulta debatir, negociar ideas y comprender textos, especialmente en ámbitos académicos.
Investigadores como Keith Stanovich advierten sobre el “efecto Mateo”: quienes leen mucho y dominan más palabras, amplían cada vez más su ventaja; mientras que quienes leen poco y manejan un léxico limitado quedan rezagados, profundizando la brecha.
El desafío educativo es claro: promover la lectura variada, ampliar vocabulario y ejercitar la escritura. No se trata de prohibir emojis, sino de integrarlos a un repertorio lingüístico más rico que permita expresar con precisión lo que pensamos y sentimos.
El empobrecimiento del léxico no es un detalle menor: compromete la capacidad de comprender, convivir y construir ciudadanía en un mundo que exige cada vez más claridad en las ideas


