Con una imagen negativa que en algunas encuestas ya roza el 70%, comenzaron las discusiones internas sobre la continuidad política del modelo libertario más allá de Javier Milei. Patricia Bullrich gana protagonismo mientras el entorno presidencial intenta contener su crecimiento.

La política argentina tiene una velocidad destructiva que muchas veces convierte los triunfos contundentes en procesos de desgaste acelerado. Y eso es precisamente lo que comienza a observarse alrededor de la figura del presidente Javier Milei.
Mientras gran parte de la dirigencia política y mediática continúa enfocada en las disputas cotidianas, las declaraciones explosivas o los movimientos de superficie, el verdadero dato que hoy domina las mesas de análisis es otro: el crecimiento sostenido de la imagen negativa del Presidente.
Las distintas consultoras muestran matices, pero existe un punto de coincidencia que inquieta incluso dentro del oficialismo. Javier Milei ya se mueve en niveles de rechazo que oscilan entre el 65% y el 70%, un umbral históricamente delicado para cualquier presidente que aspire a construir continuidad política o buscar una reelección.
Ese número no implica necesariamente una derrota futura ni un final anticipado del proyecto libertario. Pero sí activa alarmas. Porque la experiencia política argentina demuestra que cuando un gobierno entra en una etapa de alta negatividad sostenida, comienzan inevitablemente las discusiones sobre la sucesión.
Y esa conversación ya empezó.
No solamente en la oposición o en el llamado “círculo rojo”, sino dentro del propio universo libertario y de los sectores económicos y políticos que apostaron al ascenso de Milei como vehículo para sostener un modelo de transformación económica profunda.
La pregunta que empieza a instalarse es incómoda, pero concreta:
¿Puede sobrevivir políticamente el modelo libertario sin Javier Milei como candidato?
Allí aparece con fuerza el nombre de Patricia Bullrich.
La actual ministra de Seguridad logró algo que pocos dirigentes consiguen dentro de un gobierno hiperpersonalista: construir volumen político propio sin romper con el liderazgo presidencial. Bullrich sostiene altos niveles de identificación con el electorado duro libertario, conserva experiencia de gestión, capacidad discursiva y, además, es vista por muchos sectores internos como una dirigente con “méritos políticos” dentro de la actual administración.
En términos simples: para una parte importante del oficialismo, Bullrich es hoy la dirigente con mayores condiciones para garantizar continuidad política si Milei decidiera no competir en 2027 o llegara debilitado a esa instancia.
Pero esa posibilidad también abrió otra interna.
El principal foco de resistencia a un eventual crecimiento de Patricia Bullrich surge desde el núcleo más cerrado del poder presidencial, encabezado por Karina Milei. Allí también aparecen figuras como Martín Menem y Eduardo “Lule” Menem, quienes trabajan en la consolidación del armado político propio del karinismo y observan con desconfianza cualquier construcción autónoma dentro del espacio libertario.
Las primeras señales ya comenzaron a notarse en movimientos internos, disputas silenciosas y operaciones destinadas a limitar la expansión política de Bullrich dentro de La Libertad Avanza.
Mientras tanto, dentro del gabinete nacional empiezan a convivir distintas terminales políticas, aunque todavía sin rupturas explícitas. Bullrich mantiene vínculos sólidos con varios sectores del gobierno, mientras otras figuras, como Manuel Adorni, comienzan a atravesar un desgaste interno que debilita su centralidad política.
Por ahora, todo se mueve en el terreno de las hipótesis. Pero la política argentina suele anticipar sus crisis mucho antes de que exploten públicamente. Y cuando un oficialismo empieza a discutir herederos antes que consolidación, significa que el escenario ya cambió.
El poder, en Argentina, rara vez espera. Y mucho menos perdona. Porque mientras la sociedad intenta llegar a fin de mes, la política ya empezó a jugar el partido de 2027. Una costumbre bastante argentina: discutir la próxima elección mientras todavía arden las consecuencias de la anterior.


