Un informe de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) encendió una nueva señal de alarma sobre la evolución del mercado de las drogas. El documento sostiene que las sustancias sintéticas son cada vez más potentes, más variadas y de producción más sencilla, una tendencia que también comienza a consolidarse en la Argentina.

Según el Informe Mundial sobre las Drogas 2026, durante 2024 unas 331 millones de personas consumieron drogas ilícitas en todo el mundo, lo que representa un incremento del 34% respecto de hace una década. El crecimiento está acompañado por la aparición constante de nuevos compuestos químicos y una mayor complejidad para detectar qué sustancias llegan efectivamente al consumidor.
En el caso argentino, el reporte sostiene que el país dejó de ocupar únicamente un rol de tránsito dentro del narcotráfico regional y comenzó a mostrar un mercado interno más diversificado. Entre las principales preocupaciones figura el aumento del consumo de drogas sintéticas y de mezclas elaboradas con distintos compuestos químicos.
Uno de los ejemplos mencionados es la denominada «tusi» o «cocaína rosa«. Pese a su nombre, este producto rara vez contiene cocaína. Se trata de una combinación variable que puede incluir ketamina, MDMA, metanfetaminas, cafeína e incluso opioides, lo que dificulta conocer su composición real y multiplica los riesgos para la salud.
El informe también advierte que los laboratorios clandestinos modifican permanentemente las fórmulas químicas para eludir los controles internacionales. Solo en 2024 fueron identificadas 118 nuevas sustancias psicoactivas, elevando a 755 el total de compuestos detectados por los organismos internacionales.
Especialistas de la ONU remarcan que esta dinámica representa un desafío creciente para los sistemas de salud, ya que muchas veces ni los consumidores ni los profesionales médicos saben con precisión qué droga fue ingerida durante una intoxicación o una sobredosis.
El documento concluye que el crecimiento de las drogas sintéticas obliga a reforzar las políticas de prevención, el monitoreo de nuevas sustancias y la cooperación internacional para enfrentar un fenómeno que evoluciona con rapidez y que ya dejó de ser un problema limitado a unos pocos países.




