Cuando lo que se pierde no es solo tiempo, sino libertad

El celular ya no es un accesorio: es una extensión del cuerpo. En Argentina, el 95% de los adolescentes de entre 9 y 17 años tiene un teléfono con conexión a Internet, y lo obtiene en promedio antes de los 10 años, según datos del informe Kids Online Argentina 2025 de UNICEF y UNESCO. Lo que comenzó como una herramienta de comunicación se transformó en el principal escenario de socialización, entretenimiento y, también, de vulnerabilidad.
Un reciente informe publicado por Infobae Salud advierte sobre los “riesgos invisibles” del uso excesivo de pantallas en adolescentes. El impacto va mucho más allá del cansancio ocular o el insomnio: afecta la atención, la autoestima y, en los casos más extremos, la salud mental.
Adolescentes conectados, pero cada vez más solos
La psicóloga española Patricia Ramírez, una de las especialistas consultadas por el medio, advierte que el problema no está solo en el tiempo frente a la pantalla, sino en la pérdida de libertad que genera la dependencia tecnológica. “Cuando no podés dejar el celular aunque quieras, lo que se pierde es la libertad”, señala.
Los estudios internacionales refuerzan esta preocupación. Una investigación realizada en Estados Unidos con más de 4.000 jóvenes durante cuatro años concluyó que la mitad presenta un patrón de uso adictivo del teléfono, las redes sociales o los videojuegos. En Dinamarca, otro estudio relacionó la exposición prolongada a pantallas con riesgos cardiometabólicos en la infancia y adolescencia.
Las nuevas adicciones silenciosas
Detrás de la hiperconectividad se esconde un circuito de dopamina que busca la gratificación inmediata. Likes, notificaciones, videos cortos: cada estímulo activa el sistema de recompensa del cerebro. Pero el efecto dura poco, y el cuerpo pide más.
Las consecuencias son diversas: apatía, ansiedad, irritabilidad, trastornos del sueño, problemas de concentración y conductas compulsivas. En redes sociales, la exposición a ideales irreales de belleza o éxito puede derivar en trastornos alimentarios, depresión o autoagresiones.
Incluso surgió un nuevo término viral: brain rot (“podredumbre cerebral”), una metáfora que describe el deterioro cognitivo por el consumo constante de contenido superficial. Aunque el concepto no es científico, refleja un fenómeno real: el agotamiento mental que provoca la sobreestimulación.
Desconectar para volver a elegir
Especialistas en salud mental coinciden en que la prevención comienza en casa. Los adultos deben acompañar, no solo controlar. Supervisar el uso de pantallas, proponer actividades sin dispositivos y, sobre todo, predicar con el ejemplo.
Las recomendaciones más simples son también las más efectivas:
- Limitar el uso del celular antes de dormir.
- Fomentar actividades físicas, artísticas o al aire libre.
- Establecer momentos “sin pantallas” en familia.
- Favorecer el diálogo sobre lo que ven o consumen en redes.
En palabras de Ramírez, “no se trata de demonizar la tecnología, sino de recuperar la libertad de usarla sin que nos use”.
La generación más conectada de la historia enfrenta un desafío inédito: aprender a desconectarse. En un mundo donde todo pasa por una pantalla, el mayor acto de libertad puede ser mirar hacia otro lado: hacia lo real.


