Un informe con datos surgidos del INDEC, consolida a Neuquén como la provincia más próspera del país en la última década.

Hay datos que no solo describen una realidad: la gritan. Y cuando un número aparece tan fuera de escala que deja al resto de las provincias mirando desde abajo, ya no estamos hablando de una simple estadística. Estamos hablando de un cambio de época.
Un informe basado en datos de la CEPAL (a través de un convenio con el Ministerio de Economía de la Nación) permitió estimar algo que en Argentina suele faltar: el tamaño y la evolución de las economías provinciales. Porque sí, aunque parezca increíble, no existe una medición oficial actualizada y permanente del INDEC sobre la economía de cada provincia. Y eso, en un país federal, es casi un sinsentido.
A partir de esa información, la consultora Politikon Chaco, dirigida por el analista Alejandro Pegoraro, procesó los datos y comparó la evolución del Valor Agregado Bruto (VAB) provincial entre 2014 y 2024. Es decir, tomó el último año disponible y lo puso frente a frente con el escenario de hace una década. Y ahí aparece el dato central: fueron minoría las provincias que crecieron y mayoría las que retrocedieron. En criollo: muchas provincias hoy producen menos que hace diez años.
Pero en ese mapa aparece un caso que rompe cualquier lógica estadística: Neuquén.
La provincia patagónica no solo creció. Se despegó. Se disparó. Neuquén tuvo un aumento del 93% en su economía en la última década. Para dimensionarlo: la segunda provincia del ranking, Salta, creció apenas 10,3%. No hay comparación posible. No es una diferencia. Es un abismo.
Ese número, que parece exagerado, tiene una explicación concreta: Vaca Muerta.
El estudio muestra que el sector “explotación de minas y canteras”, donde se agrupa la actividad hidrocarburífera, creció en Neuquén cerca de un 196% entre 2014 y 2024. Y si se mira el núcleo duro de esa categoría, la extracción de petróleo crudo y gas natural, el salto fue similar: casi 197%. Es decir, Neuquén tuvo un crecimiento energético explosivo que actuó como motor directo de la economía provincial.
Pero lo más interesante es que el efecto no quedó encerrado en el petróleo. La expansión del sector energético empujó al resto. El transporte y la logística crecieron 30%. Hoteles y restaurantes, 50%. La construcción, 77% en diez años, incluso con un 2024 flojo. Y hasta la enseñanza tuvo un aumento del 122%, reflejando una ampliación fuerte de la oferta educativa y de formación, probablemente asociada a la demanda de nuevos perfiles laborales.
Neuquén no creció solo en barriles y metros cúbicos. Creció en movimiento, en servicios, en infraestructura, en capacitación y en urbanización. Creció en el entramado completo que se activa cuando la economía se acelera.
Mientras tanto, el resto del país muestra otra película.
En el otro extremo, Santa Cruz fue la provincia con peor desempeño, con una caída del 15,5%. Tierra del Fuego cayó 14,8%. Y lo que sorprende es que, en Santa Cruz, el mismo sector que impulsó a Neuquén fue el que se derrumbó: la explotación de minas y canteras cayó cerca del 30%, con un impacto fuerte del retiro de YPF y el cierre de proyectos. Cuando una economía depende de un sector y ese sector se va, no se cae un número: se cae un sistema entero.
Tierra del Fuego, en cambio, mostró un retroceso industrial brutal. Su industria manufacturera cayó 32% y la construcción se desplomó 44%. No es solo una crisis económica: es una crisis estructural. Porque Tierra del Fuego no se sostiene con turismo o servicios. Se sostiene con industria. Y si esa industria cae, la provincia entera se queda sin motor.
El fenómeno tampoco es exclusivo del sur. También golpea en el centro del país.
La Ciudad Autónoma de Buenos Aires tuvo una caída cercana al 5%. Y uno de los sectores que más la arrastró fue el comercio, con un retroceso del 11%. Un número enorme. Además, cayó el transporte y las comunicaciones, y la industria porteña se redujo un 20%. Esa industria que muchos creen que no existe en la ciudad, pero que sí está, especialmente ligada a tecnología, conocimiento y sectores productivos modernos.
La provincia de Buenos Aires también retrocedió: -1,3%. Puede parecer poco, pero en el distrito más grande del país, ese porcentaje significa miles de empleos y una baja enorme en actividad. La industria cayó 12% y la construcción 15%. Sectores que son termómetro directo del consumo y del trabajo. Cuando se frena la construcción, se frena todo lo demás.
Y en el medio aparece Córdoba, un caso curioso: cero. Sin crecimiento, sin caída. Exactamente igual que hace diez años. Algunos lo llamarán estabilidad. Otros lo llamarán estancamiento. La provincia tuvo sectores con buen desempeño, como salud y enseñanza, pero caídas en industria, agro y transporte que terminaron compensando todo.
Santa Fe, en cambio, logró crecer 3,7%. Moderado, pero positivo. Impulsada por el agro, el sector financiero y algunos servicios. Jujuy y Salta también aparecen como provincias con crecimiento, empujadas por minería y expansión de servicios. El litio empieza a jugar su papel.
Pero aun así, el dato central no cambia: Argentina en su conjunto parece haberse achicado de forma desigual. Y esa desigualdad está dibujando un nuevo mapa económico.
Un país que ya no se mueve como antes.
Porque si Neuquén crece casi 100% y otras provincias caen más de 15%, la consecuencia no es solo económica. Es social, urbana y demográfica. Es posible que estemos frente a una nueva migración interna.
La entrevista con Alejandro Pegoraro deja una hipótesis potente: la conformación de nuevos conurbanos. Nuevas ciudades satélite. Nuevas corrientes migratorias que se mueven hacia donde está la oferta de trabajo. Y si el mercado laboral se achica en la industria tradicional, en la construcción y en el comercio de las grandes ciudades, pero crece en la Patagonia energética, la gente va a seguir la zanahoria.
Neuquén ya no es solo una provincia. Es un imán.
Y ese imán no solo atrae inversiones. Atrae familias. Atrae trabajadores. Atrae necesidades nuevas: viviendas, escuelas, hospitales, rutas, servicios. Todo lo que se tensiona cuando una economía se acelera.
Pero ojo: el crecimiento también trae riesgos. Porque cuando una provincia depende en más del 50% de una sola actividad, también queda expuesta. Hoy el motor es Vaca Muerta. Pero mañana el precio internacional, la inversión, la política energética o los conflictos pueden cambiar la dinámica. Y si algo enseña el caso Santa Cruz, es que cuando el motor se apaga, el golpe es brutal.
Por eso el dato de Neuquén es impresionante, pero también es una advertencia. El crecimiento existe. El derrame existe. Pero también existe la necesidad urgente de diversificar.
Argentina, mientras tanto, parece avanzar hacia un modelo desigual: algunas provincias que crecen como polos de energía o minería, y otras que retroceden atrapadas en sectores que ya no logran recuperarse.
La pregunta de fondo es incómoda, pero necesaria: ¿estamos construyendo un país más equilibrado o estamos viendo cómo se parte en dos?
Porque cuando una provincia vuela y otras se hunden, no es solo un mapa económico. Es un mapa político. Un mapa social. Un mapa del futuro.
Y Neuquén, con Vaca Muerta como bandera, hoy está escribiendo el capítulo más fuerte de esa historia.


